18
de
Abril
Siesta casi trágica
Las hermanitas Graciela, Susana y Alicia, se resistían a dormir la siesta.
Esperaron pacientementa hasta que sus padres se durmieran, y comandadas por la mayor, querían armar en el comedor de la casa, bajo la mesa, con sábanas robadas a sus camas, una "casita" para sus muñecas.
Alicia, quién llevaba la voz cantante, dirigía la construcción. Ordenó a sus hermanas que batan las telas en el aire para desplegarlas en su totalidad.
Susi, diligente, tomó los paños de lino y sacudió enérgicamente. El vuelo del paño fue repentino e impensado. Al descender, arrastró consigo un botellón de Lalike que termino en pedazos.
Graciela no tuvo mejor suerte con su fortaleza. El envión ascendente que le había propinado a la sábana, llevó en el impulso, una estatuilla de porcelana bizcocho que su madre adoraba.
Pálidas, las niñas se apresuraron a alzar los restos. Temblaban de miedo. Su madre no era de las que sólo rezongaban por sus travesuras. Solía castigarlas dejándole marcas en las colas a la vez que les tironeaba la cabellera.
Alicia, sabiéndose responsable del desastre pensaba cómo evitar la paliza de la madre que tarde o temprano bajaría desde el primer piso.
Recordó entonces, que cuando solían jugar cerca de la Santa Rita, se escuchaba la recomendación para que no sacaran sus flores: " no vayan a tocar esa planta que es muy venenosa".
¡La Santa Rita!, ¡Esa era la solución!…
Fue hacia la cocina, y puso a hervir agua, y luego, con tijeras de podar, corrió a cortar unas ramas de la enredadera.Preparó un brebaje bien cargado y obligó sin remordimientos a que sus hermanas lo bebieran, haciendo ella lo propio.
Cuchicheaban desesperadas e impacientes para que el "veneno" les hiciera efecto antes de que la mamá despertara.
Las horas no pasaban.
Primero fue Graciela, la que sintió una imperiosa necesidad de ir al baño, y luego Alicia, y casi al mismo tiempo, Susana. Las visitas al inodoro eran continuas, y sentían que las tripas se les doblaban maliciosamente.
Con lágrimas en los ojos, estaban despidiéndose de la vida… Ya faltaba poco para morir, se decían, y se tomaban de las manos como para apurar el trance.
Tanto abrir y cerrar la puerta del sanitario despertó a quién no deseaban ver despierta.
Lo inevitable era inminente…La paliza o la muerte.
Pués, fue la paliza, nomás.
Entendieron que podían contra la muerte, pero contra su madre,jamás.
Pasado mucho tiempo, supieron que la bunganvilla no era venenosa ni mucho menos mortal, y que su madre mentía como cualquier semejante.


